paratextos asked: ¿Y tu Waterloo? Queremos saber!
Me hice caca en el trabajo.
Voy con un pantalón de trabajo muy duro y apretado y como fatal, aquí no saben comer, Europa es un coñazo y no saben comer pero los baños están más limpios ya acabo de resumir la emigración de un español.
La consecuencia de lo anterior, y de trabajar encorvado, tirado por los suelos (literalmente), haciendo el mono, subiendo, bajando… es que te cagas vivo. Tanto movimiento facilita el tránsito de unos intestinos rellenos de repugnante comida de mensa eslovena: carnes de la peor calidad en todas sus repugnantes formas, carnes baratas, carnes sin parar. El pescado apenas lo conocen. La verdura.. psé. Pocas. Mala comida. Trabajo físico. Pantalón apreato. Madrugón. Cafetón. Un baño (esto es, un retrete) para 40 obreros. Uno llega a creer que se va a morir de lo mucho que se caga, se pee, explota por dentro.
Era un día aciago, había empezado mal, me sentía muy mequetrefe, muy poca cosa, echaba de menos todo de España, mi casa, la de mi casa, los del otro lao, mi pescadero, los paseos jodidos por el centro de Madrid, todo. Echaba de menos hasta a los negros de mi barrio y el olor de sus repollos cocidos. Estaba en el trabajo muy inseguro y especialmente torpón, perdiendo todos los tornillos, perdiendo las herramientas, todo mal, me falta mucha mano y mucha experiencia y comparando con los compañeros que llevan 10 años tirando silicona yo soy básicamente UNA CHICA. Estaba haciéndolo fatal, me sentía un bebé inútil. En esas que bajé las escaleras del avión y en un momento dado, en un ángulo concreto de mis piernas, un ángulo mágico, la catástrofe devino, la válvula se abrió. Fue de improviso, no había habido alarma previa, no estaba yo en DefCon3 ni nada, estaba normal, con el mal cuerpo mañanero habitual y así como mohino y salió… como un pedo. Nada fuera de lo común: que se escapa un pedo en un mal paso. Incluso un pedo sonoro: a todos nos ha pasado. Fue como un aire violento, violento pero discreto, absolutamente silencioso: un mal que saliera de mí. Esos pesares, esos miedos que me afligían, salían en pedo de mí. Vete de mí. Vete, Pedro Almodóvar, de mí Y quedé sorprendido. No es normal que un pedo te deje desconcertado: esto había sido algo más. Este pedo traía mucha psicología, era un pedo Plus. Me paré al final de las escaleras.. bueno, no me paré, sólo aminoré un poco la marcha. Porque ya lo sabía, porque era imposible negarlo: me había cagado encima. Había un aire de misterio acerca de mi pedo y todos sabemos, lo sabemos en el fondo, que si un pedo trae halo de misterio al final siempre es mierda. Si tenía toda la lógica del mundo: me sentía esa mañana como un bebé inexperto, como un torpe manitas de mujer. Era de recibo hacer lo que hacen los bebés: hacerse caca. Yo sentí ese añadido… pero muy débil, muy poca cosa, apenas un detalle. Pero un extra, sin duda, ahí, ahí abajo, algo que requería mi atención, un beacon, eso es, un distress signal beacon, una baliza de radioseñal que emergía de mis profundidas, que traía un mensaje, la materia oscura ahí abajo me llamaba, vamos, Capitán Kirk, vamos a explorar, mirémosle a la cara a lo desconocido. Ni detuve la inercia de las zancadas y con el impulso de bajar la escalera enfilé de forma absolutamente natural hacia el baño: sentía claramente mi centro de gravedad mínimamente desplazado: portaba un peso extra. Había ahí abajo un momento, un momento angular: una pequeña oscilación. Algo que sobresalía. Algo que deformaba mi silueta habitual. Había un añadido y yo debía tener cuidado: entramos en terra incognita. ¿Qué mal paso podría dar que hiciera que aquello, aquel misterio, rebosara, rebasara la frontera del calzoncillo y la liara, literalmente, parda? Caminé con la gracilidad de una gacela-payaso-ninja. Fui apenas una hoja mecida por el viento. Creo, incluso, que volé un poquito, que adquirí una mínima sustentación, tal fue mi delicadeza, mi sutilidad dinámica, lo streamlined de mi dance. Nadie pudo darse cuenta de nada. Además es que ni sonó: fue algo íntimo, personal, fue casi un pensamiento mío, un estado de ánimo, ánimo cacafuti, que se había hecho sólido, la materialización de una idea. Era, si lo piensas bien, casi una cosa como de magia ¿no? De tener un poder mágico, que si sientes una cosa la creas en un interior, haces una pequeña bola con ella y sale de ti. Más que un pedo, un conjuro.
Milagrosamente encontré el camino al retrete expédito, todas las puertas abiertas (hay que tener un pase de seguridad para salir del hangar y como yo no soy oficial aún ahí no tengo y debo esperar como un chuchillo a que alguien abra) el baño bien iluminado, sus puertas entreabiertas, puertas que son piernas de mujer solícita, la loza impoluta en la temprana mañana, fresca a la nalga. Bajé todo, me lo saqué, esperando la catástrofe. Con franca curiosidad porque si bien era plenamente consciente de que, cómo decirlo… bueno, no nos andemos con las ramas, de que me había cagado encima en mi puesto de trabajo, había sido algo tal sutil, apenas un movimiento peristáltico, un pliki, muink, chipf, y sentir algo ahí, algo que no debía estar… que me preguntaba ¿realmente habrá algo? ¿no habrá sido todo fruto de mis melancolías? Pues no. Había una mierda. Pero era una mierda PERFECTA (y juro que no estoy ahora exagerando ni sirviéndome de licencias literarias): era una mierda prácticamente esférica, de superficie luminosa, regular, casi diría DELICIOSA, de un tono marrón homogéneo, una textura lisa, una mierda, en suma, sana, idílica, un mojón platónico. Estaba recubierta de una extraña película absolutamente MÁGICA que (insisto, cuento esto con absoluta veracidad) había encapsulado su mierdez hasta el punto de que mi calzoncillo, QUE ERA BLANCO, no tenía mancha alguna. Ni el más vicioso sodomita inventó jamás dieta alguna que le permitiera a uno evacuar de forma tan discreta, tan indolora e higiénica: una mierda que no mancha, que prácticamente se cae ella sola del culo. Yo creo que ni olía. LA COGÍ CON LA MANO. Con dos dedos. La miré como mira papá oso a bebé oso, con extrañeza pero con amor. Más que una mierda era un huevo. Un huevo marrón. ¿Soy ya un ave? Pensé. Su peso era perfecto, ni mucho ni poco. Cayó al agua y ejecutó trayectoria submarina con tal belleza plástica, ningún submarino rozó jamás tal perfección hidrodinámica, que no pude evitar sonreír, satisfecho, por lo que había creado. Aquello sin dura era mucho más que mierda, era una mierda hecha de pensamientos, una mierda conceptual, la idea de una mierda. Que se deposita en tu calzoncillo para contarte algo pero que ni suena ni mancha ni molesta.
Aliviado ya en los dos sentidos pasé el resto del día libre de todo pesar y melancolía. Trabajé eficientemente, ligero. Físicamente sin molestia alguna. Trabajé como un bailarín. ¿A dónde iría aquella extraña mierda-huevo perfecta? ¿Qué aventuras estará viviendo? La imagino indestructible, surcando las aguas como proyectil fecal, quizás vehículo de algunos diminutos seres inteligentes que habitan en mi interior, que me controlan. Y ahora debo seguir con mi vida sabiendo que nunca volveré a cagar nada tan bello ni tan perfecto.
