Verano bien.
Yo tengo dos lámparas como esa. Es un diseño clásico de los Eames que fue producido en masa durante los años 50. Una lámpara popular, americana, humilde, funcional, con ese toque espacial de la época, de soñar con cohetes atómicos hacia la Luna. Las compré muy cascadas por eBay a Canadá y Virginia: el coste de los portes fue mayor que el de las lámparas en sí, $14-20 por lámpara. Las desmonté y les puse casquillos y cables nuevos porque lo que traían estaba ya muy cascado, la goma del cable cuarteada, el cobre oxidado, el casquillo con cara de querer echar a arder en cualquier momento… les puse unos casquillos de cerámica muy wapos y una bombilla de bajo consumo de lectura con una luz espantosa, luz blanca, 6500K, porque si pongo una bombilla de luz cálida me quedo dormido enseguida si leo en la cama, soy una persona mayor y con poco interés ya por los libros y las cosas, así que necesito mucha luz o me duermo, creo que me voy a pasar a bombillas LED, en realidad lo que me pasa es que me quiero suicidar, no es la bombilla, es la anhedonia. En ambas lámparas no pude cambiar una pequeña sección de cable que estaba integrada con el interruptor en una única pieza de baquelita con el interuptor por fuera, de rosca metálica, una cosa que ya no se ve en ninguna parte, la vas girando, clack clack, y se apaga y se enciende, la pieza de baquelita por dentro y dos cables que salen de ésta y que van conectados al cable general, el que sí cambié. Si hubiera sido una simple soldadura la podría haber resoldado yo porque yo tengo soldador, no como tú que estás leyendo esto y que no has usado un soldador en tu vida, no sabes ni lo que es, si se te desconfigura el router llamas al técnico y esperas dos días, tienes asistenta que limpia las gotas de pis de tu taza de váter y haces fotos con el Instagram del iPhone a la hamburguesa del Home Burger que te vas a comer y las subes a una red social. Yo no, yo tengo soldador, pero no me sirvió de nada esta vez (todo mi lifestyle, fracasado): tendría que romper la pieza de baquelita para sustituir esos dos cables ¿y luego qué? la baquelita, el primer plástico sintético que existió, hace muchos años que se dejó de fabricar. También tengo un interruptor de pera de baquelita en el dormitorio y un peine de Carey. Tú no sabrías diferenciar el plástico de la madera. Y por eso te desprecio. Pero te necesito: necesito tus “likes” y “retumblrs”, así que continúo. Esos dos cables que brotan de la pieza de baquelita cerrada como vagina de Nancy son, por tanto, cable original de la lámpara. El resto está sustituido, pero ese trocito, esa pequeña sección, no. ¿Entiendes a dónde voy? En efecto: éste es un camino que termina en la destrucción. “Las tensiones se acumulan en las imperfecciones”. Esto lo repetía como un mantra mi profesor de Química del colegio (pongo Química con mayúscula porque en este tumblr a la ciencia se la respeta). Le llamábamos “Chicone”; era gordo, calvo y tenía un bigote de Hitler. Yo le odiaba, como he odiado siempre a cualquier figura de autoridad por a saber qué neurosis-coñazo, pero ahora le recuerdo con cariño porque era buen profesor. En realidad no era profesor, era el jefe de estudios, al que me expulsaron incontables veces, porque yo era muy rebelde, y sólo durante un curso nos impartió, cual lección magistral, la materia de Química. “Las tensiones se acumulan en las imperfecciones”, decía pues. El metal, el cobre, se calienta al conducir la corriente eléctrica por efecto Joule. El abriguito de aislante que lleva el plástico está hecho de un polímero, una goma prepara para trabajar en un determinado rango de temperaturas. No sólo aísla eléctricamente el cable para que no te quedes pegado a la lámpara si la tocas, también aísla el cable del aire del exterior cargado de oxígeno (21%) que oxidaría el cobre rápidamente. Cuando el cable tiene 50 años es imposible que cantidades mínimas de oxígeno no hayan ido penetrando la camisita de goma por alguna parte y hayan ido oxidando el cobre (el cobre metálico tiene ese bonito color parecido al whisky y cuando se oxida forma trióxido de cobre que tiene ese color azulado característico de las campanas de las iglesias y que se denomina pátina y que, al contrario que el óxido de hierro, que es un polvillo que se quita con el viento, forma una costra bastante resistente que se queda pegada y aísla el resto de la pieza de cobre e impide que continúe oxidándose —> el cobre mola bastante). Así que tienes dos pequeñas secciones de cobre levemente oxidado y cuya cobertura de goma estará ya cuarteada, tanto por el paso del tiempo (el polímero se va degradando, cambios de humedad, de temperatura, je ne sais quoi… ) como por el recalentamiento de esas partes oxidadadas del cable (y si se cuartea la goma, entra más oxígeno, luego se oxida más sección de cable, luego se cuartea más goma y el fenómeno se auto-potencia: es el proceso termodinámicamente favorable, S>0, de la DESTRUCCIÓN DE LAS COSAS Y DE TODO). Y tal y como predijo mi profesor “Chicone”, la tensión (el calor generado por el paso de corriente eléctrica) se acumulará en la imperfección (la zona de cable levemente oxidada): el cable nuevo que yo puse estará siempre fresco como una lechuga. Igual que el casco de un buque sometido a las tensiones de compresión, tracción y torsión provocadas por el peso del agua y de la estructura del propio buque y por los golpes de mar y los cabezazos de ballenas y otros seres misteriosos de las profundidades, tal vez el Kráken, y por los puñetazos de marineros que lloran en medio del Índico algún quebranto del corazón, que no por ser de menor intesidad y brío, propinados ya sin fuerza, sin mirar, con la cara enterrada en el antebrazo izquierdo, la mano blanda, como llamando a una puerta, a puerta de quién, pues a la imaginaria puerta de tu ex-chica, marinero, de quién va a ser, no por menos intensos estos golpes, decía, menos peligrosos para el casco del buque, pues lo que no tienen de intensidad lo tienen de emotividad, y ya vimos el poder de la emoción tantas y tantas veces, en el beso de Íker a Carbonero, en el Caballero de Andrómeda, ese eterno hermano pequeño, con su armadura violeta, su pelo verde, sus cadenitas de bailarín maricón de videoclip de Lady Gaga, que era blando como la mierda de pavo y no ganó jamás combate alguno, pero que conmovía nuestros corazones con el poder de la emoción, el poder de DAR PENA… igual que las tensiones del casco del buque se acumularán, decía, única y exclusivamente, tan grande como es el barco, en ese imperceptible grieta que no ha sido detectada por marineros ni ingenieros ni mecánicos (y eso puede demostrarse con ecuaciones matemáticas en una pizarra: es decir, eso es VERDAD, no como tu puto gintonic con pepino o tu trabajo y tu puesto en la sociedad, que NO SON VERDAD) pudiendo provocar, al romper los enlaces metálicos de la aleación del casco, que la grieta vaya alargándose hasta llegar a una determinada longitud, denominada longitud de grieta de Griffith, a partir de la cual la grieta se alarga, digamos, espontáneamente, sin necesitar apenas tensión, por ser su crecimiento en el material un proceso energéticamente favorable (antes al metal le “costaba” energía romperse, era un metal fuertecito, era un metal Cartman, incluso a pesar de tener una grieta… pero si la grieta supera la longitud de Griffith al metal le cuesta menos romperse que permanecer unido y así la grieta se alarga y se alarga “sola” y el barco se va a tomar por culo antes o después con el pasaje, el capitán, los marineros, los ingenieros y los mecánicos que no detectaron la grieta, el marinero de corazón roto que con sus puños emocionales, sus emotional fists, contribuyó al desastre, y se irán todos como niños muertos blancos como piedras pulidas blancas al fondo frío del mar, sin luz, a lo negro, a to lo negro, a alimentar con sus cuerpos a las ballenas y los kraken que, por qué no recordarlo, también contribuyeron con sus cabezazos contra el buque a este magnífico, magnífico desastre de la osadía y el orgullo vano y tecnófilo del ser humano)… Y así, como se hundió este barco imaginario que he creado de la nada y que realmente ha llegado a emocionarnos (¿verdad?), y tal y como predijo “Chicone”, el calor eléctrico de mis lamparitas se acumulará en esas pequeñas secciones que no pude o supe sustituir por formar parte de una pieza de baquelita, y así sé, con absoluta certeza, que algún día el calor acumulado en esas secciones podría ser tal que prendiese la goma cuarteada y vieja que las recubre, extendiéndose la combustión a la pieza de baquelita, que no es ignífuga, al resto de cable, el nuevo, cuya goma arderá, aunque arderá mal, y a la base de la lámpara que tiene por fuera un recubrimiento de felpilla con pinta de arder muy bien. Y puede que no pase nada. Posiblemente no pase nada, porque la lámpara la tengo encendida cuando estoy leyendo, así que me daría cuenta y me olería, literalmente, la chamusquina. Además realmente no hay ahí mucho material combustible: la lámpara es fundamentalmente metálica. Tampoco hay nada cerca que pudiera arder. Pero ¿quién sabe?… ¿quién juega a ser Dios?… ¿no es emocionante acaso dejar al azar ese pequeño porcentaje de fatalidad? mi vida entera podría depender de esa pequeña sección de cobre oxidado no sustituido. Creo que en el fondo las dejé así a propósito: las arreglé para hacerlas seguras pero… pero dejé esa sección sin cambiar… ese particular eastern egg, esa bromita de programador, ese pequeño y oculto what if? Y así cada noche me voy a dormir pensando que podría ser la última, que quizás esa noche la goma cuarteada prenda, y la llama alcance mi almohadita, y prenda mi pelo y me convierta en una cerilla humana (porque yo, recordémoslo, tengo un pelazo). De esta manera me recuerdo cada día, gracias a mis lámparas-trampa, lo perecedero y frágil de nuestra existencia y me enfrento a la vida con más brío que el día anterior, aunque lo único que haga sea estar aquí actualizando mi tumblr con textos mediocres, pero infinitamente superiores, negádmelo si tenéis huevos, negadmelo tres veces, a otras excrecencias que veo por ahí publicadas, incluso cobradas, cosa que me cabrea pero, sobre todo, me apena, y pequeñas coñitas visuales que creo que sólo me hacen gracia a mí.
El caso es que puse sendas lámparas a ambos lados de mi cama y jamás ¡jamás! han recibido un elogio, una palabra amable, un piropo, de ninguna puta, ramera o suripanta, mujer santa, dulce elfa, novia, amante, pareja, amiga, meretriz… ni de mi madre siquiera (!!) cuando vino a ver las cortinas y el cubrecanapé marrón. Lámparas simples, sencillas, que no llaman la atención, pero que funcionaban hace 50 años y que vienen de una granja en Kentucky, que habrán alumbrado al joven Mike mientras estudiaba durante años ingeniería agrícola, que han sido reparadas por mis amorosas manos, que albergan en su seno pequeñas porciones de cobre letales, pequeños eastern eggs de la muerte total, y que merecerían continuar iluminando a la mismísima Marilyn mientras lee con ese pantalón y esa camisa de hombre perfectamente remangados y ese pelo y esa cara que apetece chupar, morder, masticar, digerir y cagar. Pues nadie jamás las elogió. ¿Saben por qué? Porque la gente es escoria.
Tengo que bajar al Mercadona, no puedo seguir escribiendo. Siento ser tan aburrido.
(Source: allaboutmarilyn)